martes, 26 de noviembre de 2013

El libro

Las motas de polvo se bañaban de tonos dorados para luego desaparecer en el vaivén del aire mientras entraban y salían del haz de luz que se colaba por la ventanilla rectangular, única iluminación del viejo desván. Su suelo era de tablas de madera, y estaba gobernado por alguna pequeña araña y sus osadas y magníficas telas. El sitio estaba repleto de numerosas cajas de distintos tamaños cubiertas por una grisácea capa de polvo, así como viejos juguetes; un pequeño caballito de madera al que el tiempo había pasado factura y en el que se podía adivinar que había dado muchas horas de diversión, unos cubos en los que, aún a pesar de sus descoloridas superficies, se podían descubrir las letras "a" o "g" y unas desgastadas vías de tren, apiladas al lado del caballito, que debían de haber servido como guías para un espléndido trenecito de cuerda.

Pero lo que dominaba la estancia era un viejo pero majestuoso e imponente librero de tonalidades caoba que se encontraba opuesto a  la ventanilla y, por tanto, iluminado plenamente por la luz. Estaba a rebosar de libros de diversos colores, algunos con los lomos tan desgastados que ni se podían leer título o autor, sin embargo en algunos se descubrían nombres como "Sinuhé, el egipcio", "El viejo y el mar", "Veinte mil leguas de viaje en submarino" o "Matar a un ruiseñor". Y en otros solo se observaban los nombres del autor "Rubén Dario", "Ayn Rand", "James Barrie" o "William Blake".
Pese a la diversa y rica literatura que se amontonaba en las viejas pero firmes estanterías del librero, había un libro que destacaba sobre todos ellos, era de múltiples tonos de dorado que iban desde el más claro al más oscuro y cuyo lomo presentaba una apariencia aterciopelada y reluciente, "Las palabras que nunca pronunciamos" versaba.

En ese preciso momento, un punzante y estridente sonido inundó la escena, era repetitivo y cada vez sonaba más y más fuerte, casi como si de una alarma de reloj se tratase. -Una alarma- Pensó una suave voz masculina, -¡¡UNA ALARMA!!- Se gritó la voz, y en un instante el acogedor desván desapareció. En su lugar todo se transformó en penumbra, una penumbra azulada; sobre una mesita de noche, proyectando una pequeña fuente de luz, se encontraba el origen de todo aquel escándalo, un reloj digital que no dejaba de marcar las 6:15 en un sin cesante parpadeo que se sincronizaba con el endiablado sonido que emitía. En un atontado movimiento de mano, un somnoliento chico, el dueño de aquella voz, detuvo la alarma. Mientras perdía su crispada y preocupada mirada entre los píxeles de los números del reloj, concentraba sus pensamientos en aquello que había observado antes de despertar -¡¿Cómo se atreve a dejarme ese libro?!, y lo más importante, ¡¿Cómo diablos ha encontrado mi desván?!- Se preguntó furioso.

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